Hay momentos en la vida en los que sentimos que hemos perdido el rumbo. Un cambio de trabajo, una ruptura de pareja, la llegada de la maternidad o la paternidad, una enfermedad, una mudanza, el cuidado de un familiar o una etapa de incertidumbre pueden hacernos cuestionar muchas cosas.
A veces sabemos que algo ya no funciona como antes, pero no tenemos claro qué dirección tomar. Otras veces nos vemos obligados/as a adaptarnos a situaciones que no hemos elegido y que nos generan miedo, tristeza, enfado o inseguridad.
En estos momentos, conectar con nuestros valores personales puede ayudarnos a orientarnos. Los valores pueden funcionar como una brújula: no eliminan las dificultades del camino, pero nos permiten recordar hacia dónde queremos dirigir nuestra vida.
¿Qué son los valores personales?
Los valores son aquellas cualidades, principios o formas de estar en el mundo que consideramos importantes. Tienen que ver con cómo queremos vivir, cómo deseamos relacionarnos con los demás y qué tipo de persona queremos ser.
Algunos valores pueden ser el respeto, la honestidad, el cuidado, la familia, la amistad, la responsabilidad, la libertad, la creatividad, la justicia, la serenidad, el aprendizaje o la salud.
No existen valores correctos o incorrectos de forma universal. Cada persona va construyendo los suyos a partir de su historia, sus experiencias, su educación, sus vínculos y aquello que considera significativo.
Por ejemplo, dos personas pueden estar atravesando una situación laboral complicada. Una puede valorar especialmente la estabilidad y la seguridad; otra puede dar más importancia al desarrollo profesional, al aprendizaje o a la autonomía. Ninguna de las dos está equivocada. Lo importante es poder reconocer qué es relevante para cada una y tomar decisiones lo más coherentes posibles con ello.
Valores no son metas
En ocasiones confundimos los valores con objetivos concretos. Sin embargo, no son exactamente lo mismo.
Una meta es algo que deseamos alcanzar: ser independiente económicamente, formarme profesionalmente, cambiar de trabajo, formar una familia, etc. Los objetivos son definiciones muy concretas de nuestras metas personales: aprobar la oposición en junio del próximo año, obtener ingresos adicionales antes de Navidad, etc. Metas y objetivos pueden cumplirse o no, modificarse, posponerse, … están vivos.
Los valores, en cambio, tienen que ver con una dirección que podemos elegir una y otra vez. Por ejemplo, “cuidar de mis relaciones”, “ser una persona comprometida”, “actuar con honestidad” o “priorizar mi salud” son direcciones que pueden estar presentes en diferentes momentos de nuestra vida. No son algo que termine de conseguirse definitivamente, más bien nos guían en nuestro camino.
Podemos no conseguir todavía el trabajo que deseamos y, aun así, seguir actuando de acuerdo con valores como la responsabilidad, el aprendizaje o la perseverancia. Podemos vivir una ruptura dolorosa y decidir relacionarnos desde el respeto hacia nosotros/as mismos/as y hacia la otra persona.
Los valores no garantizan que todo salga como esperamos, pero pueden ayudarnos a sentir que estamos viviendo de una manera más coherente con lo que realmente nos importa.
Los cambios pueden alejarnos de nosotros/as mismos/as
Cuando atravesamos una etapa de cambio, es frecuente que aparezcan dudas. Podemos sentir presión por decidir rápido, por cumplir expectativas familiares o sociales, por no equivocarnos o por responder a lo que los demás esperan de nosotros/as.
En ocasiones, tomamos decisiones desde el miedo, la urgencia o la necesidad de evitar un conflicto. Esto es comprensible. Todos/as queremos sentirnos seguros/as y evitar el sufrimiento. Sin embargo, si durante mucho tiempo vivimos desconectados/as de nuestros valores, puede aparecer una sensación de vacío, frustración o falta de sentido.
Quizá mantenemos una relación en la que ya no nos sentimos respetados/as. Tal vez continuamos en un trabajo que nos genera un malestar importante, pero nos cuesta plantearnos alternativas. O puede que estemos dedicando toda nuestra energía a responder a las necesidades de los demás y hayamos dejado de lado nuestro descanso, nuestras amistades o nuestros propios deseos.
Parar y preguntarnos qué es importante para nosotros/as no significa que tengamos que hacer cambios radicales de un día para otro. A veces, el primer paso consiste simplemente en reconocer cómo estamos viviendo y qué pequeñas decisiones podríamos tomar para acercarnos a la vida que deseamos.
Preguntarnos qué queremos cuidar
Una forma de acercarnos a nuestros valores puede ser hacernos algunas preguntas:
- ¿Qué personas, relaciones o aspectos de mi vida son importantes para mí?
- ¿Cómo quiero tratar a las personas que quiero?
- ¿Qué cualidades me gustaría que estuvieran más presentes en mi día a día?
- ¿Qué me gustaría cuidar más en este momento?
- ¿Qué me está alejando de la vida que deseo construir?
- ¿Qué pequeño paso podría dar esta semana en una dirección importante para mí?
No siempre tendremos una respuesta clara e inmediata. En ocasiones, necesitamos tiempo para pensar, sentir y revisar nuestras prioridades. También es normal que los valores cambien o adquieran una importancia diferente a lo largo de la vida.
Tras una enfermedad, por ejemplo, quizá empecemos a dar más valor al cuidado de la salud y al descanso. Después de una pérdida, podemos sentir la necesidad de dedicar más tiempo a las relaciones significativas. Ante una crisis laboral, tal vez descubramos que la estabilidad, la creatividad o la conciliación son aspectos más importantes de lo que pensábamos.
Los cambios, aunque resulten difíciles, también pueden abrir la oportunidad de conocernos mejor.
Decidir desde los valores no elimina el miedo
A veces esperamos tener absoluta seguridad antes de tomar una decisión. Nos gustaría saber que no vamos a equivocarnos, que nada va a salir mal o que todos los demás comprenderán nuestras elecciones. Pero la vida no siempre ofrece esas certezas.
Tomar decisiones importantes puede generar miedo incluso cuando sabemos que están alineadas con nuestros valores. Podemos sentir temor al cambiar de trabajo, al poner límites, al iniciar una conversación difícil o al pedir ayuda. El miedo no siempre indica que estemos haciendo algo incorrecto; en ocasiones, aparece precisamente porque estamos acercándonos a algo que nos importa.
Por ejemplo, una persona que valora el respeto y el bienestar emocional puede decidir poner límites en una relación. Es posible que sienta culpa o miedo a decepcionar a la otra persona, pero esos sentimientos no tienen por qué impedirle actuar de acuerdo con aquello que considera importante.
La clave no está en esperar a no sentir miedo, sino en aprender a reconocerlo y no permitir que sea el único elemento que guíe nuestras decisiones.
Pequeños pasos en una dirección valiosa
Conectar con nuestros valores no requiere hacer grandes cambios de forma inmediata. Muchas veces, las acciones pequeñas y sostenidas tienen un gran valor.
Si para nosotros/as es importante cuidar nuestras relaciones, quizá podamos llamar a una persona a la que echamos de menos, reservar un rato para compartir con nuestra pareja o estar más presentes cuando hablamos con nuestros hijos e hijas.
Si valoramos la salud, podemos empezar por respetar un poco más nuestros descansos, pedir una cita médica pendiente, salir a caminar o buscar un espacio para cuidar nuestro bienestar emocional.
Si valoramos el aprendizaje, tal vez podamos retomar una lectura, informarnos sobre una formación o permitirnos hacer algo nuevo sin exigirnos hacerlo perfecto desde el principio.
No se trata de hacer todo a la vez ni de convertir nuestros valores en una nueva fuente de presión. Se trata de preguntarnos, con amabilidad: “¿Qué pequeño gesto puede acercarme hoy a la vida que quiero construir?”.
A veces nuestros valores no nos ayudan a avanzar. Pueden hacer que nos comportemos de forma rígida, no nos adaptemos a los cambios o nos generen demasiada presión o autoexigencia: a veces nuestros valores deben evolucionar y permitirnos adaptarnos a nuevos contextos y circunstancias.
Cuando necesitamos acompañamiento
En algunos momentos, puede resultarnos difícil identificar qué queremos, qué necesitamos o qué decisiones tomar. La ansiedad, el duelo, el estrés, la tristeza o las expectativas de los demás pueden hacernos sentir bloqueados/as.
La terapia psicológica puede ser un espacio para parar, escuchar lo que nos ocurre y reconectar con nuestras propias necesidades y valores. No se trata de que otra persona nos diga qué debemos hacer, sino de poder explorar con mayor claridad qué dirección queremos dar a nuestra vida.
Conocernos, revisar nuestras prioridades y aprender a tomar decisiones más coherentes con quienes somos puede ayudarnos a afrontar los cambios con mayor serenidad.
Los valores no evitan las dificultades, pero pueden recordarnos que, incluso en momentos de incertidumbre, seguimos teniendo la posibilidad de elegir pequeños pasos hacia aquello que de verdad nos importa.
Un abrazo,
Irene de Miranda Reynés
Psicóloga, Psicoterapeuta y Formadora
IDEM Psicología


