La adolescencia es una etapa de grandes cambios. Cambios físicos, emocionales, sociales y también familiares. A menudo, madres y padres observamos con sorpresa cómo aquel niño o niña que parecía necesitar nuestra presencia constante comienza a demandar más espacio, más intimidad y mayor capacidad para decidir por sí mismo/a.

En ocasiones, este proceso puede vivirse con preocupación. Surgen discusiones por la forma de vestir, por las amistades, por los horarios, por los estudios o por el uso del teléfono móvil. Podemos sentir que nuestro/a hijo/a se aleja, que no nos cuenta lo que le ocurre o que rechaza nuestros consejos.

Sin embargo, muchas de estas situaciones forman parte de una tarea fundamental de esta etapa: la construcción de la propia identidad.

¿Qué significa buscar la propia identidad?

Durante la adolescencia, la persona empieza a preguntarse quién es, qué le gusta, qué valores quiere tener, cómo quiere relacionarse con los demás o qué lugar desea ocupar en el mundo. Es un momento en el que necesita ir diferenciándose de su familia para ir construyendo una identidad personal, propia y más autónoma.

Esto no significa que deje de necesitar a sus padres o que ya no valore el vínculo familiar. Aunque a veces pueda parecer lo contrario, los y las adolescentes siguen necesitando sentirse queridos, protegidos, escuchados, cuidados y acompañados. Lo que cambia es la manera en la que necesitan recibir ese acompañamiento.

Es habitual que quieran probar nuevas formas de expresarse: cambios en su imagen, en sus gustos musicales, en sus amistades o en sus opiniones. También pueden mostrar contradicciones: un día desean mucha independencia y, al siguiente, buscan refugio, apoyo o cercanía en casa.

No es extraño. Están aprendiendo a conocerse, es un proceso, no “un antes y un después”.

Una etapa de cambios emocionales

La intensidad emocional suele estar muy presente en la adolescencia. Podemos encontrarnos con cambios rápidos de humor, mayor sensibilidad ante las críticas, irritabilidad, preocupación por la opinión de los demás o dificultades para expresar lo que sienten.

A veces pueden responder con enfado, distancia o silencio. Detrás de estas reacciones puede haber miedo a no encajar, inseguridad, necesidad de pertenecer a un grupo, frustración o preocupación por cuestiones que todavía no saben cómo compartir.

Por eso, aunque no siempre sea fácil, es importante intentar mirar más allá de la conducta, observar y escuchar. Cuando un/a adolescente se encierra en su habitación, responde mal o parece no querer hablar, podemos preguntarnos: ¿qué puede estar necesitando?, ¿qué emociones hay detrás?, ¿cómo puedo acercarme sin invadir?

No se trata de permitir cualquier comportamiento, sino de comprender que, muchas veces, la conducta es una forma de comunicar aquello que no se sabe o no se puede expresar de otra manera.

La importancia de poner límites

Acompañar a un/a adolescente no significa dejarle solo/a ante todas sus decisiones. La autonomía se aprende poco a poco y necesita apoyarse en límites claros, coherentes y adecuados a la edad. Además, esta es una etapa de exploración, por lo tanto, es posible que se relacione con personas  nuevas y diferentes a las que hasta ahora elegía, abandone hobbies que antes disfrutaba y pruebe otras actividades o las rechace todas, se comporte de forma distinta a como lo hacía antes… incluso realice la guna conducta de riesgo, como consumir alcohol puntualmente o probar alguna sustancia. Por eso los límites son tan necesarios como cuando eran pequeños: se trata de crear un espacio de seguridad, más amplio que el que antes tenían, para que puedan explorar con seguridad y prevenir conductas de riesgo.

Los límites ayudan a ofrecer seguridad. Marcar horarios, acordar responsabilidades en casa, establecer normas sobre el uso de pantallas o hablar sobre el consumo de alcohol y otras sustancias son formas de cuidar. Para que sean eficaces, es importante que puedan explicarse, dialogarse y revisarse cuando sea necesario.

No siempre estaremos de acuerdo con sus decisiones. De hecho, habrá momentos en los que tendremos que sostener el malestar que genera decir “no”. Pero un límite dicho con respeto, explicando los motivos y manteniendo el vínculo, puede ser una herramienta de protección y aprendizaje.

En ocasiones, el conflicto no significa que estemos haciendo algo mal. Puede formar parte del proceso de ir ajustando la relación familiar a una nueva etapa.

Escuchar sin juzgar

La comunicación es uno de los grandes retos durante la adolescencia. Muchas veces queremos ayudar tan rápido que damos consejos antes de escuchar, corregimos antes de comprender o intentamos resolver aquello que nuestro/a hijo/a todavía necesita expresar.

Puede ser útil buscar momentos tranquilos, sin presión, para interesarnos por su día a día. Preguntar sin interrogar, escuchar sin minimizar y mostrar disponibilidad. A veces, una conversación breve mientras se prepara la cena, se pasea o se realiza alguna actividad conjunta puede ser más valiosa que insistir en una charla formal.

Frases como “entiendo que esto te haya hecho sentir así”, “me importa lo que te pasa” o “aunque no pensemos igual, quiero escucharte” pueden ayudar a que se sientan reconocidos/as. Preguntarles “Cómo lo vas a resolver”, “qué has pensado hacer con eso”, “has pensado qué puede pasar si haces eso”… será más eficaz para guiarles, que decirles directamente lo que tienen que hacer sin tener en cuenta su opinión.

También es importante aceptar que no siempre querrán hablar. Respetar sus tiempos y hacerles saber que estamos disponibles cuando lo necesiten puede ser una forma muy valiosa de acompañar.

Cuando conviene pedir ayuda

La adolescencia no es un problema que haya que resolver. Es una etapa de desarrollo, crecimiento y aprendizaje. Sin embargo, hay momentos en los que el malestar puede ser intenso o mantenerse en el tiempo, y entonces conviene prestar una atención especial.

Puede ser recomendable consultar con un/a profesional cuando observamos cambios importantes y persistentes en el estado de ánimo, aislamiento social, dificultades graves en los estudios, problemas de conducta, ansiedad intensa, alteraciones del sueño o de la alimentación, consumo de sustancias, autolesiones o comentarios relacionados con la falta de ganas de vivir.

Pedir ayuda no significa haber fracasado como familia. Al contrario, supone reconocer que hay situaciones que pueden necesitar un espacio de escucha y acompañamiento profesional.

La psicoterapia puede ayudar al adolescente a comprender lo que está viviendo, aprender recursos para manejar sus emociones y fortalecer su autoestima. También puede ofrecer a la familia un espacio para mejorar la comunicación, revisar los límites y acompañar esta etapa con mayor serenidad. Desarrollar herramientas personales como la empatía y el autocontrol, la asertividad y reflexionar cómo aplicamos límites, normas, refuerzos y castigos, son los principales objetivos de asesoramiento a madres y padres que suelo llevar a cabo.

La adolescencia puede ser un tiempo de incertidumbre, pero también de descubrimiento. Estar presentes, escuchar, sostener los límites y confiar en sus posibilidades puede ayudarles a construir poco a poco una identidad propia, segura y coherente con quienes son.

Un abrazo,

Irene de Miranda Reynés
Psicóloga, Psicoterapeuta y Formadora
IDEM Psicología