Un elemento fundamental es que conozcamos a nuestros hijas/os: sus hábitos, sus gustos, sus amistades, sus aficiones, los lugares por los que se mueven, horarios que suelen seguir, problemas que les preocupan, etc.… Por ello, debemos observarles de manera continua: estado de ánimo, estado físico, rutinas, etc., y estar atentos en caso de que se produzcan cambios importantes, o un aumento de las dificultades o conflictos. Esta observancia no es un “espiar” ni un ser “pesado”, sino que respetando su espacio personal íntimo y psicológico, estamos pendientes de ellos, nos interesamos sinceramente por cómo están, cómo les van las cosas y preguntamos cuando sea necesario.  De esta forma, podremos detectar cambios significativos que debamos considerar.

Es común que los adolescentes tengan altibajos en todos los aspectos y cambios súbitos, pero lo habitual es que al cabo de unos días todo vuelva a la normalidad. Sin embargo, si observamos cambios en varios ámbitos, y que carecen de explicación, debemos hablar con nuestros hijos sin dramatismos. Simplemente hacerlos saber que les notamos diferentes, que estamos preocupados y que estamos ahí para ayudarlos. Muchas veces estos cambios pueden ser verdaderas peticiones de apoyo, y debemos estar atentos. Siempre digo a mis clientes que podemos seguir una pauta de este estilo: 1- observar cambios, 2- conversar sobre ellos con nuestros hijos, 3- ocuparnos en ayudarles y 4- por último, preocuparnos/obsesionarnos. De esta forma, es probable que tengamos que preocuparnos por muy pocas cosas, pues las vayamos resolviendo sobre la marcha.

En todo caso, debemos por defecto confiar en ellos, estar abiertos a escuchar sus preocupaciones y esperar a que ideen sus propias soluciones. Preguntarles sobre cómo lo pueden resolver, qué están dispuestos a hacer y cómo quieren resolver sus problemas; y escucharlos, más que darles nuestras soluciones y sermones sobre lo que deben hacer.

Siempre podemos darles nuestra opinión y sugerencias, una vez que los hemos escuchado, pero no antes; felicitarles, incluso si nos parece que lo han enfocado bien. Reforzando sus actitudes y sus capacidades personales, les hacemos más responsables y capaces de solucionar sus problemas. Muchas veces es suficiente con acompañarlos y apoyarlos, en vez de darlos todas las soluciones o incluso como hacen algunos padres, solucionar ellos mismos los problemas de su hija/o. Es normal que se equivoquen, que tengan conflictos interpersonales, que fallen en sus responsabilidades a veces y que de vez en cuando ofendan a alguien, incluso a sus seres más allegados. Errores que debemos señalar y animar a reparar. Pero eso no es motivo para que pierdan nuestro respeto a su vez, para que les mostremos desapego y rechazo y para que les demos la espalda, pues así les abandonamos.

Una sobreprotección continuada de nuestras/os hijas/os, o una exigencia desmesurada hacia ellos les impide desarrollar sus propias formas de resolver conflictos, pensar en alternativas viables, ganar autocontrol de sus emociones, desarrollar capacidad de reacción ante los problemas y tomar decisiones. Todas estas habilidades que son muy importantes para afrontar situaciones complejas, como las que seguro se encontrarán en el futuro (link artículo estilo parental positivo). Desde el amor podemos acompañarlos en este duro viaje que es hacerse mayor. ¿O es que no nos acordamos de lo que nos costó a nosotros? Y aquí estamos… 

Irene de Miranda Reynés
Psicóloga Sanitaria
Directora IDEM Psicología