Seguro que alguna vez has escuchado —o incluso dicho— la expresión: «Soy un poco TOC». Normalmente se utiliza para describir a alguien muy ordenado, perfeccionista o que necesita tener todo bajo control. Sin embargo, aunque suele decirse sin mala intención, esta frase transmite una imagen muy alejada de lo que realmente supone convivir con un trastorno obsesivo-compulsivo (TOC).
Películas como Mejor imposible también han contribuido a hacer visible este trastorno mostrando algunos de sus síntomas más llamativos, como la necesidad de seguir determinados rituales o evitar pisar las líneas de la acera. Aunque estas conductas pueden formar parte del TOC, representan solo una pequeña parte de una realidad mucho más amplia.
Porque el TOC no se define por el orden o la limpieza.
¿Qué es realmente el TOC?
El trastorno obsesivo-compulsivo se caracteriza por la presencia de obsesiones, compulsiones o ambas, que generan un importante malestar o interfieren en la vida cotidiana.
Las obsesiones son pensamientos, imágenes o impulsos que aparecen de forma repetitiva e involuntaria. La persona no los elige y, de hecho, suelen resultarle desagradables o contrarios a sus propios valores. Por eso generan ansiedad o un intenso malestar.
Las compulsiones son las conductas —o incluso actos mentales— que la persona siente la necesidad de realizar para reducir la ansiedad o la incertidumbre que generan las obsesiones. Aunque proporcionan un alivio momentáneo, ese efecto suele durar poco.
¿Por qué es tan difícil romper el círculo?
Todos tenemos pensamientos intrusivos de vez en cuando. Podemos preguntarnos si hemos cerrado la puerta al salir de casa, imaginar una situación desagradable o tener una idea absurda que desaparece al poco tiempo.
En el TOC ocurre algo diferente. Esos pensamientos adquieren una importancia excesiva y generan la necesidad de hacer algo para neutralizarlos o recuperar la sensación de seguridad.
Imaginemos a una persona que, al salir de casa, comienza a pensar que quizá ha dejado la puerta abierta. Aunque recuerde haberla cerrado, la duda sigue ahí. Vuelve a comprobarla y, durante unos minutos, siente alivio. Sin embargo, poco después la incertidumbre reaparece y necesita comprobarla de nuevo.
Así se crea un círculo que puede resultar muy difícil de romper: aparece la obsesión, aumenta la ansiedad, se realiza una compulsión y el malestar disminuye temporalmente. El problema es que ese alivio hace que el cerebro aprenda que esa estrategia funciona, aumentando la probabilidad de repetirla la próxima vez que aparezca la duda.
El TOC no siempre se ve
Cuando pensamos en TOC solemos imaginar conductas como lavarse las manos repetidamente o comprobar una puerta una y otra vez. Sin embargo, no todas las compulsiones son visibles.
En muchas ocasiones, la persona realiza rituales mentales, como repetir palabras en silencio, contar, rezar, revisar una conversación una y otra vez para asegurarse de no haber dicho nada inadecuado o intentar convencerse de que un pensamiento «no significa nada». También es frecuente buscar constantemente la tranquilidad de otras personas mediante preguntas como: «¿Seguro que no hice nada malo?».
Desde fuera puede parecer que simplemente «le da muchas vueltas a las cosas». Sin embargo, estas estrategias cumplen la misma función que una compulsión visible: reducir la ansiedad que provocan las obsesiones.
Por eso, el TOC puede manifestarse de formas muy diferentes. Aunque las obsesiones relacionadas con el orden o la contaminación son algunas de las más conocidas, también pueden aparecer dudas constantes, miedo a hacer daño a alguien sin querer o pensamientos de contenido agresivo, sexual o religioso que generan un intenso malestar.
También es frecuente confundir el trastorno obsesivo-compulsivo con el trastorno de la personalidad obsesivo-compulsiva (TPOC), pero no son lo mismo. Mientras que en el TOC aparecen obsesiones y compulsiones que generan un importante malestar e interfieren en la vida diaria, en el TPOC predominan el perfeccionismo, la rigidez y la necesidad de control como forma habitual de funcionar. Aunque ambos pueden afectar al funcionamiento cotidiano, el TOC suele asociarse a un elevado sufrimiento psicológico y puede requerir tratamiento psicológico y, en algunos casos, también farmacológico.
¿Es posible romper este círculo?
Sí. Aunque el TOC puede llegar a ocupar gran parte del día y generar un importante sufrimiento, hoy sabemos que existen tratamientos psicológicos eficaces que pueden ayudar a recuperar la calidad de vida.
Uno de los abordajes con mayor respaldo científico es la terapia cognitivo-conductual, especialmente mediante la Exposición con Prevención de Respuesta (EPR). De forma progresiva y siempre adaptada a las necesidades de cada persona, este tratamiento ayuda a afrontar aquellas situaciones o pensamientos que desencadenan ansiedad sin recurrir a las compulsiones habituales. Con el tiempo, la persona aprende que la ansiedad puede disminuir sin necesidad de realizar esos rituales, lo que permite ir recuperando poco a poco actividades y espacios que el TOC había ido limitando.
El objetivo no es eliminar por completo los pensamientos intrusivos —todos los tenemos en algún momento—, sino cambiar la forma de relacionarnos con ellos para que dejen de dirigir nuestra vida.
Comprender para mirar más allá
Hablar del TOC es hablar de mucho más que orden o limpieza. Es comprender cómo determinados pensamientos pueden llegar a generar un intenso malestar y cómo, en un intento por aliviarlo, la persona puede quedar atrapada en un círculo difícil de romper.
Conocer cómo funciona este trastorno nos ayuda a desmontar estereotipos y a entender que detrás de aquello que muchas veces llamamos «manías» puede haber un importante sufrimiento. Y, sobre todo, nos recuerda que existen tratamientos eficaces y que pedir ayuda puede ser el primer paso para recuperar una vida en la que el TOC deje de ocupar el lugar protagonista.
Carla García Tejero
Psicóloga y divulgadora
IDEM Psicología


