Asociamos la actividad física casi exclusivamente con el cuidado del cuerpo: estar en forma, mejorar la salud cardiovascular, perder peso o ganar fuerza. Y sí, todo eso puede formar parte de sus beneficios. Pero hay otra dimensión igual de importante que a veces pasa más desapercibida: la relación entre movimiento y bienestar emocional.

En consulta, muchas personas cuentan que se sienten más despejadas después de caminar o ir al gimnasio, que duermen algo mejor los días que se mueven más o que notan cierto alivio cuando consiguen salir de casa y activar el cuerpo, aunque sea un poco.

No es una impresión sin más. La actividad física regular aporta beneficios significativos para la salud mental y también puede ayudar a reducir síntomas de ansiedad y depresión.

No se trata solo de hacer deporte

Hablar de actividad física no significa necesariamente apuntarse a un gimnasio ni hacer entrenamientos intensos. Dentro de la actividad física caben muchos movimientos cotidianos: caminar, bailar, montar en bici, realizar tareas domésticas activas o participar en juegos y actividades de la vida diaria.

Esto es importante porque, cuando una persona sufre de estrés o tiene síntomas de ansiedad o siente su ánimo decaído, a menudo no tiene energía ni motivación para plantearse grandes objetivos. Pensar en hacer ejercicio puede vivirse como una exigencia más. En cambio, pensar en moverse un poco, de manera amable y realista, suele ser bastante más accesible.

Por qué ayuda emocionalmente

Estar físicamente activo puede mejorar el bienestar, la autoestima, el sueño y la capacidad de concentración, además de reducir síntomas de ansiedad y depresión.

A nivel cotidiano, esto puede traducirse en varias cosas:

  • Una ligera sensación de descarga cuando llevas días muy tenso o tensa.
  • Más claridad mental después de un paseo.
  • Una mejor regulación del sueño.
  • Una sensación de logro o de autocuidado que ayuda a salir del bloqueo.

No significa que moverte vaya a resolver por sí solo todo lo que te pasa. Pero sí puede convertirse en una herramienta de apoyo, una forma de acompañarte desde el cuerpo cuando las emociones están más revueltas.

El cuerpo también ayuda a la mente

Cuando estamos tristes, ansiosos o muy estresados, es frecuente que tendamos a la inactividad: cuesta arrancar, salir, activar rutinas, sostener el impulso. Y cuanto más quietos nos quedamos, más fácil es que aumenten la apatía, la rumiación o la sensación de encierro.

Aquí la actividad física puede funcionar como una especie de puente. No porque obligue a estar bien, sino porque interrumpe, aunque sea un poco, esa inercia.

Mover el cuerpo cambia el ritmo del día, saca a la persona de un espacio interno muy cerrado y, en ocasiones, facilita una sensación de presencia más conectada con el aquí y ahora.

Empezar pequeño suele funcionar mejor

Uno de los errores más comunes es pensar que, si no puedes hacerlo bien, entonces no sirve. Sin embargo, cada movimiento cuenta. Eso quiere decir que no hace falta pasar de cero a cien.

Algunas formas realistas de empezar pueden ser

  • Caminar diez o quince minutos.
  • Subir escaleras en vez de coger el ascensor, si tu situación física lo permite.
  • Salir a dar una vuelta corta después de comer.
  • Bailar una o dos canciones en casa.
  • Hacer una pequeña rutina de estiramientos o movilidad.

A veces, los beneficios más notables aparecen justo cuando una persona pasa de no hacer nada a incorporar un poco de movimiento en su semana. Y eso suele ser una buena noticia, porque rebaja la presión y hace que empezar sea más posible.

Cuidado con convertirlo en otra exigencia

Dicho esto, también conviene cuidar el enfoque. La actividad física puede ser una gran aliada emocional, pero deja de ayudar cuando se convierte en una obligación rígida, una fuente de culpa o una medida de tu valor personal.

Si un día no puedes, si estás agotado o agotada, o si tu cuerpo necesita otra cosa, escuchar eso también forma parte del cuidado. La idea no es forzarte para rendir, sino explorar qué tipo de movimiento te sienta bien, en qué momento del día, con qué intensidad y con qué expectativas.

En muchas personas ayuda más la constancia amable que la exigencia intensa y breve.

En qué te puede ayudar la terapia psicológica

La gran excusa es que “no tengo ganas” de hacer deporte. Pero como cualquier otra rutina, las ganas vendrán cuando el hábito se haya instaurado, y entonces sí el cuerpo y el ánimo te pedirán hacer tu deporte diario. De momento hay que empezar por hacerlo sin ganas. En esto podemos ayudarte en terapia: a generar tu propio compromiso y avanzar en los objetivos que te propongas, haya ganas o no.

Un abrazo,

Irene de Miranda Reynés
Psicóloga, Psicoterapeuta y Formadora
IDEM Psicología