Un granito, una pequeña costra o una irregularidad en la piel pueden pasar desapercibidos o convertirse en algo a lo que prestamos mucha atención. A veces, sentimos la necesidad de tocar esa zona, comprobar cómo está o intentar dejarla lisa, incluso cuando sabemos que manipularla puede irritarla más.
Cuando este gesto se repite, puede dejar de ser una acción puntual y convertirse en un patrón difícil de modificar. El trastorno de excoriación, también conocido como dermatilomanía, permite comprender mejor este tipo de comportamiento.
Cuando manipular la piel se convierte en un hábito
El trastorno de excoriación se caracteriza por pellizcarse o rascarse repetidamente la propia piel hasta producir lesiones, junto con intentos reiterados de reducir o detener esta conducta. Puede afectar a distintas zonas del cuerpo y no siempre comienza a partir de una lesión visible: algunas personas manipulan pequeñas imperfecciones, como granos o costras, mientras que otras se pellizcan zonas de piel aparentemente sana.
La conducta puede aparecer de forma casi automática, sin que la persona se dé cuenta de lo que está haciendo hasta después de un rato. En otros casos, existe una mayor conciencia del impulso y la persona busca activamente una zona concreta que tocar o manipular. También pueden aparecer secuencias repetitivas, como examinar la piel en busca de irregularidades o intentar retirar una costra de una manera determinada.
No obstante, pellizcarse la piel de vez en cuando no significa tener este trastorno. Para establecer el diagnóstico, la conducta debe generar un malestar significativo o interferir en la vida cotidiana. Además, es necesario descartar que las lesiones se deban a una afección médica, a los efectos de una sustancia o a otro problema psicológico que explique mejor lo que ocurre.
El alivio que puede mantener la conducta
Aunque las experiencias varían de una persona a otra, pellizcarse la piel puede cumplir distintas funciones. En ocasiones, aparece en momentos de aburrimiento, tensión o inquietud; en otras, la persona empieza a manipular una zona casi sin darse cuenta, mientras realiza otra actividad.
Algunas personas describen una sensación creciente de tensión antes de pellizcarse y un alivio momentáneo después. Otras experimentan satisfacción al retirar una irregularidad o sienten que necesitan continuar hasta que la piel queda como esperan. Estas sensaciones no son iguales en todos los casos y pueden combinarse.
El alivio o la satisfacción inmediatos pueden favorecer que la conducta se repita. Si manipular la piel reduce temporalmente la tensión o proporciona una sensación agradable, el comportamiento puede afianzarse, aunque después aparezcan heridas, arrepentimiento o frustración.
Así, puede establecerse un ciclo en el que la persona vuelve a pellizcarse la piel ante determinadas sensaciones o situaciones, incluso cuando sabe que hacerlo puede empeorar las lesiones. Comprender qué desencadena la conducta y qué obtiene la persona de ella ayuda a abordarla sin reducirla a una simple falta de voluntad.
Cuando las marcas también afectan a la vida cotidiana
Las consecuencias del trastorno de excoriación no se limitan a las lesiones cutáneas. En función de su intensidad y frecuencia, la manipulación repetida puede provocar sangrado, cicatrices o infecciones, además de dificultar la cicatrización de las zonas afectadas.
A esto puede sumarse el malestar emocional. Algunas personas sienten vergüenza o culpa por las marcas, se preocupan por cómo las percibirán los demás o se frustran al comprobar que han vuelto a pellizcarse la piel después de intentar evitarlo.
Para ocultar las lesiones, pueden recurrir al maquillaje, a la ropa o a otras formas de disimularlas. También pueden evitar determinadas situaciones sociales, especialmente aquellas en las que creen que otras personas podrían fijarse en su piel. De este modo, la conducta puede terminar afectando a las relaciones, los estudios, el trabajo o las actividades cotidianas.
También es importante distinguir esta conducta de otras que pueden parecer similares, pero responden a motivos diferentes. En el trastorno dismórfico corporal, por ejemplo, pellizcarse la piel puede estar dirigido a corregir una característica de la apariencia que se percibe como defectuosa. Por otro lado, las conductas de autolesión pueden cumplir funciones distintas y deben valorarse dentro de su contexto. Por eso, no basta con observar que una persona se hace daño en la piel, es necesario comprender qué está ocurriendo y qué función cumple la conducta.
¿Qué puede ayudar?
El trastorno de excoriación puede abordarse mediante intervenciones psicológicas adaptadas a las características de cada persona. Una de las opciones más utilizadas es la terapia cognitivo-conductual, especialmente el entrenamiento en reversión del hábito.
Este enfoque ayuda a reconocer cuándo aparece la conducta, identificar las situaciones que la favorecen y detectar las señales que suelen precederla. A partir de ahí, se practican respuestas alternativas que dificulten el pellizcamiento, junto con estrategias para modificar el entorno y reducir los desencadenantes. Por ejemplo, puede ser útil identificar los momentos o lugares en los que la persona suele manipularse la piel y planificar de antemano cómo responder en esas situaciones.
El objetivo no consiste únicamente en evitar nuevas lesiones, sino también en comprender el patrón que mantiene la conducta y desarrollar otras formas de afrontar la tensión, el aburrimiento o el impulso de manipular la piel.
Carla García Tejero
Psicóloga y divulgadora
IDEM Psicología


