Vivimos en una sociedad en la que la apariencia física ocupa un lugar cada vez más importante. Las redes sociales, las fotografías constantes y la exposición continua a determinados ideales de belleza hacen que sea fácil compararnos con los demás y fijarnos en aquello de nuestro cuerpo que creemos que deberíamos cambiar.
Todos podemos sentirnos inseguros en algún momento con nuestra apariencia. Podemos desear tener otra nariz, menos acné, más músculo o una piel diferente. También podemos mirarnos al espejo antes de salir o preguntarle a alguien de confianza si se nota ese pequeño defecto que nos preocupa.
Pero ¿qué ocurre cuando esa preocupación empieza a ocupar demasiado espacio, cuando una característica física se convierte en algo en lo que pensamos constantemente, condiciona nuestras relaciones o nos lleva a evitar situaciones cotidianas?
Es entonces cuando puede aparecer un problema mucho más profundo que una simple insatisfacción con el aspecto físico: el trastorno dismórfico corporal (TDC).
Cuando un pequeño defecto se convierte en el centro de atención
El trastorno dismórfico corporal se caracteriza por una preocupación intensa por uno o varios aspectos de la apariencia física que la persona percibe como defectuosos o poco atractivos. En algunos casos existe una característica física real, pero resulta poco importante o apenas perceptible para otras personas; en otros, aquello que preocupa puede ser prácticamente imperceptible para quienes rodean a la persona.
La preocupación, sin embargo, puede adquirir una importancia enorme para quien la experimenta. No se trata simplemente de pensar «no me gusta mi nariz» o «hay algo de mi apariencia que me gustaría cambiar», sino de sentir que esa característica define cómo nos ven los demás o cómo nos valoramos. Puede aparecer vergüenza, ansiedad, sentimientos de inferioridad o un profundo rechazo hacia la propia apariencia, llegando a afectar a la autoestima y a la forma en que la persona se relaciona con los demás.
Puede centrarse en una parte concreta del cuerpo —como la piel, el pelo, los dientes o la nariz—, en la forma o el tamaño de determinadas partes corporales, en la simetría o incluso en aspectos como el olor corporal. También puede ser más global y aparecer como una sensación de ser «feo», «raro» o «deforme». Además, aquello que preocupa puede cambiar con el tiempo.
En otros casos, el foco se sitúa en la apariencia muscular. La persona puede percibirse demasiado pequeña o poco desarrollada a pesar de tener una musculatura considerable. Esta presentación se conoce como dismorfia muscular o vigorexia, y puede llevar a dedicar muchas horas al entrenamiento, controlar de forma constante el cuerpo y la alimentación o evitar situaciones en las que éste pueda quedar expuesto.
Todas estas preocupaciones pueden parecer muy diferentes entre sí, pero comparten algo importante: la apariencia acaba adquiriendo un peso desproporcionado en la vida de la persona.
No todas las preocupaciones se viven de la misma manera
Una característica interesante del trastorno dismórfico corporal es que no todas las personas tienen el mismo grado de convicción sobre aquello que perciben en su apariencia.
Algunas son conscientes de que su preocupación puede ser excesiva. Saben que dedican demasiado tiempo a pensar en ese supuesto defecto y pueden reconocer que quizá le están dando más importancia de la que merece, aunque aun así no consiguen dejar de pensar en ello.
En otros casos, la preocupación se convierte en una idea sobrevalorada: ocupa un lugar central en la vida de la persona y está acompañada de una fuerte carga emocional. La persona está profundamente convencida de que aquello que percibe es importante y de que los demás también lo consideran un defecto.
En el extremo más intenso se encuentran aquellas personas que están completamente convencidas de que el defecto existe tal y como lo perciben, incluso cuando los demás no lo observan. En estos casos se habla de ideas delirantes relacionadas con la apariencia.
Esto permite entender que el TDC no se presenta siempre de la misma manera. Detrás de una preocupación aparentemente similar pueden existir experiencias psicológicas muy diferentes.
Cuando la búsqueda de seguridad acaba alimentando la preocupación
Para intentar controlar el malestar que genera la apariencia, la persona puede desarrollar diferentes conductas.
Puede mirarse repetidamente al espejo, examinar determinadas partes de su cuerpo, compararse constantemente con otras personas o pedir a familiares y amigos que le confirmen que aquello que le preocupa no se nota.
También puede intentar ocultarlo. Determinada ropa, maquillaje, peinados o posiciones corporales pueden convertirse en estrategias habituales para evitar que los demás descubran el supuesto defecto.
Y, en otras ocasiones, la estrategia consiste precisamente en evitar. Evitar fotografías, reuniones sociales, determinados lugares, actividades deportivas o cualquier situación en la que el cuerpo pueda quedar expuesto. Incluso puede llegar a evitar mirarse al espejo o cambiarse delante de otras personas.
Todas estas conductas tienen una función: reducir la preocupación y conseguir cierta seguridad.
El problema es que, aunque pueden proporcionar alivio a corto plazo, también pueden mantener el problema a largo plazo. Cada nueva comprobación puede hacer que la persona vuelva a necesitar comprobarse; cada comparación puede generar una nueva duda; y cada situación evitada puede hacer que la siguiente resulte todavía más difícil.
Cuando modificar la apariencia no parece suficiente
Si la persona está convencida de que el problema está en una determinada característica física, intentar cambiarla puede parecer la solución más lógica.
Por eso, algunas personas recurren de manera repetida a tratamientos dermatológicos, capilares, estéticos o quirúrgicos con la esperanza de conseguir finalmente la apariencia que desean. Sin embargo, modificar físicamente aquello que genera malestar no garantiza que la preocupación desaparezca.
Y aquí resulta especialmente importante distinguir entre apariencia física e imagen corporal.
La apariencia física hace referencia a las características reales de nuestro cuerpo. La imagen corporal, en cambio, es un constructo psicológico que incluye cómo percibimos nuestro cuerpo, qué pensamos y sentimos sobre él y cómo actuamos en relación con nuestra apariencia.
Por eso, dos personas pueden observar el mismo cuerpo y percibirlo de maneras completamente diferentes. Del mismo modo, una persona puede modificar físicamente aquello que le preocupa y, sin embargo, continuar sintiéndose insatisfecha o encontrar poco después una nueva característica que considera problemática.
¿Y cómo se puede recuperar ese espacio?
El tratamiento psicológico busca precisamente romper este círculo y ayudar a la persona a relacionarse de una forma diferente con su imagen corporal y con los pensamientos y conductas que mantienen el problema.
La terapia cognitivo-conductual puede incluir psicoeducación, exposición con prevención de respuesta y reestructuración cognitiva. La exposición puede realizarse de forma gradual ante aquellas situaciones que generan malestar, incluyendo ejercicios frente al espejo, evitando recurrir a las conductas habituales de comprobación, camuflaje o evitación.
Paralelamente, la reestructuración cognitiva permite identificar y cuestionar los pensamientos automáticos, creencias y esquemas relacionados con la propia apariencia, buscando interpretaciones alternativas más ajustadas.
El objetivo no es conseguir una apariencia determinada ni eliminar cualquier inseguridad corporal, sino que la persona pueda recuperar actividades y situaciones que había comenzado a evitar y dejar de organizar su vida alrededor de aquello que percibe como un defecto.
Carla García Tejero
Psicóloga y divulgadora
IDEM Psicología


