Una vez llegada la adolescencia, es normal que la comunicación pueda bloquearse a veces y que los jóvenes sean más reacios a compartir sus inquietudes y problemas. No obstante, si ha habido desde siempre un buen clima de comunicación en casa, se mostrarán más abiertos y en caso de necesitarlo, consultarán a sus padres cualquier problema importante. Es la época en la que comienzan las discusiones y la oposición por parte de nuestro hijo a todo lo que decimos.

Podemos seguir estos consejos:

– Observarnos a nosotros mismos, qué actitud tomamos frente a la comunicación: soy agresivo, soy pasivo, soy impaciente, juzgo y rechazo lo que dice, interrumpo, estoy realmente escuchándole… Si alguien me dijera lo que yo estoy diciendo a mi hijo adolescente, ¿cómo me sentiría? Este ejercicio nos permite ponernos en lugar de nuestros hijos y rectificar si es preciso nuestra actitud y conducta de comunicación.

– Los adolescentes suelen discutir y oponerse por sistema, no tanto porque estén realmente en desacuerdo, si no para reafirmarse, sin que ello signifique una verdadera oposición. Así que, es mejor tener paciencia y escuchar su punto de vista con tranquilidad, sin menospreciar y criticarlo, ni intentar a toda costa de convencerle de que está equivocado: es suficiente decir nuestra opinión y fundamentarla. Con el tiempo, nuevas experiencias irán formando opiniones más fundamentadas y de acuerdo probablemente a los valores que les hemos ido inculcando desde pequeños.

– Frenar nuestros impulsos (a juzgar, a rechazar, a gritar para imponer nuestra opinión), nos va a servir mucho para mantener la calma y favorecer el entendimiento. Si en vez de ver a nuestro hijo como alguien que se opone, nos lleva la contraria y nos agrede (verbalmente), intentamos verlo como un aprendiz en los aspectos de la comunicación, nos será más fácil.

– Si necesitamos reflexionar sobre lo que dice nuestro hijo, antes de contestar podemos hacerlo, diciéndolo con normalidad. Muchas veces, en vez de soltarlo todo de golpe, nos será más útil retirarnos de la conversación amablemente, reflexionar y recuperarnos de las emociones negativas (ira, frustración…) para retomar la conversación un poco después, ya más tranquilos. Además, a la larga estaremos enseñando a nuestro hijo un modelo de regulación de las emociones y lo importante que es cuidar la comunicación con los seres queridos.

– Otro aspecto interesante es tener en cuenta tanto lo racional como lo emocional del discurso. Reconocer y expresar emociones es una buena práctica para empatizar con nuestros hijos. Quizá no estemos de acuerdo con lo que dice, pero sí que podemos validar las emociones que muestra, ponerles nombre y demostrarle que nos importan.

Recordemos siempre que somos el modelo fundamental como padres (aunque no el único), para nuestros hijos, y según nos comuniquemos con ellos, ellos irán aprendiendo.

Bibliografía  en la web recomendada para padres:

– Cómo convivir con adolescentes, Guías de Familia, 9. Consejería de Políticas Sociales y Familia – D. G. de la Familia y el Menor, Comunidad de Madrid.

Irene de Miranda Reynés
Directora IDEM Psicología y Terapia