La responsabilidad no es algo que se herede, si no que, como otras características de la personalidad, se desarrollan a través de la experiencia y del aprendizaje en la infancia. Nuestros hijos van a desarrollar la responsabilidad a través de las pequeñas obligaciones del día a día y a través de la interacción con sus padres, abuelos, maestros, hermanos y amigos.. Poco a poco van a ir pudiendo asumir pequeñas tareas y obligaciones, adaptadas a cada edad. Después podrán ampliarla a nuevos ámbitos, especialmente durante la adolescencia. No hay un criterio fijo de lo que puede responsabilizarse cada niño a una edad, ya que los ritmos son diferentes en función de muchos factores. Por ello no es positivo comparar entre sí a los niños, y es necesario respetar el ritmo de cada uno. Incluso entre hermanos, podemos observar diferencias. Lo importante es que nuestros hijos vayan teniendo sus pequeñas obligaciones, a su ritmo. Aún así, hay una serie de claves para fomentar la responsabilidad:

– No debemos esperar que el niño “adivine” nuestras expectativas y podemos empezar desde que son bebés. Decirle lo que esperamos no es indicarle lo que debe hacer en cada momento, y complacernos de ver cómo sigue cada una de nuestras órdenes. De esta manera, el niño tan sólo está obedeciendo y no internaliza su propio sentido de la responsabilidad. Lo primero es que, ya desde el nacimiento, debemos indicar a nuestro hijo qué esperamos de él, cómo esperamos que se comporte de manera adecuada a su edad y capacidad de comprensión y actuación. Por ejemplo, si antes de darle la siguiente toma de alimento, queremos que nuestro bebé esté un ratito activo jugando y aprenda a esperar unos minutos acompañado de papá, así lo haremos y se lo diremos mientras jugamos con él. Si queremos que espere unos minutos tranquilo en su habitación antes de comenzar el momento del baño, se lo diremos claramente, etc.

– Usemos tareas u obligaciones que estén al nivel de sus capacidades. Ser demasiado exigentes les frustra: ellos quieren que papá y mamá estén contentos con ellos, y si les pedimos cosas imposibles, no les ayudamos a que lo consigan.

– Debemos dejar que el niño se ponga en marcha a su ritmo y tome algunas pequeñas decisiones sobre cómo resolver la tarea. Nosotros podemos estar observando y vigilando que todo discurra correctamente, sin intervenir. Si trasladamos una pequeña obligación, hay que dejarles el espacio para resolverlo, con las indicaciones previas necesarias (por ejemplo respecto a normas y seguridad…)

– Según el niño vaya pudiendo responder a ellas, necesitará que le brindemos información de  cómo lo está haciendo y posteriormente, una vez consolidado, podemos ampliar la tarea o asignar una nueva, para ir incrementando su capacidad de afrontar nuevos retos.

– Demos recompensas, idealmente nuestra atención y muestra de satisfacción, con mensajes positivos de reconocimiento ante los logros, mejor que premios materiales (juguetes, dinero, chucherías, comida, etc…). Éstos últimos los usaremos con prudencia, pues si abusamos, les estaremos enseñando que ser responsable es un medio de conseguir premios, en vez de que valoren el acto de conseguir sus metas como valioso en sí mismo.

– Nuestros hijos necesitan aprender de sus errores. Lo primero es que nosotros como padres aceptemos que ellos pueden fallar y equivocarse. Siempre digo a mis clientes que aceptar que nuestros hijos no pueden ser perfectos y que pueden hacer las cosas peor que los demás niños, nos ayuda mucho como padres.

– Cuando se equivocan, no hace falta enfadarnos, pero es importante ante sus errores dar una explicación de qué es lo que puede cambiar, ofrecer alternativas para una mejor resolución de la situación y que así pueda aprender de ello.

– Valorar el esfuerzo, la intención y la actitud con la que hacen las cosas, no sólo el resultado. Esto les hará ver el valor de todo ello, cualidades muy importantes para afrontar con éxito sus retos en la vida.

– Los niños están fundamentalmente movidos por su propio interés; será más adelante cuando puedan, con la madurez, desarrollar el altruismo y la empatía y comprenderán que satisfacer las necesidades de los demás también nos beneficia a nosotros mismos. Pero llegará a su debido tiempo, hacia el final de la adolescencia.

De esta forma, su sentido de la responsabilidad se irá ampliando.

Irene de Miranda Reynés
Directora IDEM Psicología y Terapia