En los últimos años hemos escuchado mucho hablar de «amor propio», «autoestima» o «quererse a una misma». A veces, incluso, parece que, si no te sientes una persona segura, completa y «poderosa» a todas horas, es que algo estás haciendo mal. Pero en consulta lo que aparece muchas veces es otra realidad: personas que se exigen muchísimo, que se hablan con dureza y que, aunque «saben» en teoría que deberían cuidarse más, no saben bien cómo hacerlo en la práctica.
Este artículo no busca añadir más presión al tema del amor propio, sino abrir un espacio para algo más realista y humano: aprender a tratarnos con más amabilidad, especialmente cuando estamos en momentos difíciles.
¿Qué entendemos por amor propio?
Cuando hablamos de amor propio no nos referimos a una sensación constante de seguridad o de satisfacción contigo misma. No es estar siempre contenta con quién eres ni con lo que haces. Más bien tiene que ver con:
- Reconocer tu propio valor, incluso cuando te equivocas.
- Poder verte con cierta ternura, no solo con crítica.
- Estar de tu parte, en vez de convertirte en tu mayor enemigo/a.
Desde esta mirada, el amor propio es más un vínculo contigo que un estado perfecto al que llegar. Y, como todo vínculo, puede cuidarse, deteriorarse, repararse y aprenderse.
Cuando el amor propio se queda corto
Hay momentos en los que ese amor propio del que tanto se habla parece no ser suficiente o directamente «desaparecer». Quizá te reconozcas en alguna de estas situaciones:
Señales de que te estás tratando con demasiada dureza
- Tu diálogo interno está lleno de «tendría que», «ya está bien», «otra vez igual»
- Te resulta mucho más fácil comprender a los demás que comprenderte a ti
- Un error pequeño se convierte en una prueba de que «no vales», «no sirves» o «nunca cambiarás»
- Te cuesta reconocer tus logros, pero recuerdas con detalle cada fallo
- Te hablas en un tono con el que nunca hablarías a alguien a quien quieres
- Dudas de tu valía personal, profesional, con frecuencia
En estos casos, no es que te falte «amor propio». Muchas veces lo que ocurre es que has aprendido, durante años, a relacionarte contigo desde la exigencia, la comparación o el perfeccionismo. Y eso no se cambia con una frase motivacional.
De la autoexigencia a la amabilidad: por qué no es «debilidad»
Una de las ideas que más bloquea el cambio es la creencia de que, si bajas el nivel de dureza contigo, te «relajarás demasiado» o «dejarás de mejorar». Es habitual escuchar:
- «Si no me aprieto, no haré nada.»
- «Si me permito descansar, me volveré vaga.»
- «Si me trato bien, me conformaré con menos.»
Sin embargo, en muchas personas ocurre justo lo contrario. La autoexigencia extrema suele llevar a:
- Cansancio constante
- Bloqueo ante tareas que importan
- Sensación crónica de no llegar nunca
- Dificultad para disfrutar de los pequeños avances
La amabilidad contigo no significa rendirte ni justificar todo lo que haces. Significa cambiar el tono interno desde el que te hablas mientras intentas avanzar. No es lo mismo decirte «eres un desastre» que decirte «esto te está costando, vamos a ver qué necesitas para poder hacerlo de otra forma».
Aprender a tratarnos con más amabilidad
No se trata de pasar del blanco al negro, sino de ir introduciendo pequeños gestos diferentes en la manera en la que te acompañas.
1. Observar cómo te hablas
El primer paso suele ser darte cuenta de qué te dices y cómo te lo dices.
- Fíjate en tu diálogo interno en momentos de error, cansancio o conflicto.
- Anota frases que se repiten: «no valgo», «siempre igual», «tenía que haber…».
- Pregúntate: ¿de quién es esa voz?, ¿se parece a algo que has escuchado mucho antes?
Solo con observar, sin juzgarte por ello, ya estás empezando a hacer algo nuevo: poner consciencia donde antes había automático.
2. Introducir pequeñas variaciones en el lenguaje
No hace falta forzar mensajes con los que no conectas. Puedes empezar cambiando matices:
- De «soy un desastre» a «esto no me ha salido como esperaba».
- De «nunca lo hago bien» a «hay cosas que se me dan mejor y otras que todavía me cuestan».
- De «no debería sentirme así» a «no me gusta sentirme así, pero tiene sentido con lo que estoy viviendo».
Este tipo de cambios no niegan la dificultad, pero rebajan el ataque hacia ti.
3. Preguntarte qué le dirías a alguien a quien quieres
Imagina que una amiga, un hijo, una pareja te cuenta lo mismo que tú te cuentas a ti.
- ¿Le hablarías igual?
- ¿Le dirías que es un desastre, que no tiene remedio?
- ¿O le ofrecerías comprensión, apoyo y quizá una mirada más amplia?
A veces, para empezar, es más fácil «prestar» ese tono que sí usas con otros y dirigírtelo a ti poco a poco.
Amabilidad no es permisividad total
Tratarte con más amabilidad no quiere decir que todo te parezca bien ni que dejes de poner límites a conductas que te hacen daño. Al contrario: muchas veces, cuanto más te comprendes, más fácil es hacer cambios reales.
Poner límites también es una forma de cuidado
La amabilidad puede llevarte a:
- Reconocer cuando algo te supera y necesitas ayuda.
- Decir «no» a aquello que te desborda, aunque temas decepcionar.
- Ajustar el nivel de exigencia a tu momento vital (no es lo mismo estar pasando por una pérdida, una enfermedad, un cambio importante, que vivir un momento más estable).
En este sentido, la amabilidad tiene más que ver con realismo y respeto que con «dejar pasar todo».
Pequeños ejercicios para empezar
No es necesario cambiar toda tu forma de relacionarte contigo de golpe. Puedes ir incorporando ejercicios sencillos, adaptados a tu ritmo.
Ejercicio 1: una frase diferente al día
Elige una situación diaria en la que suelas ser especialmente dura contigo (por ejemplo, un error en el trabajo, olvidarte de algo, estar más irritable).
- Cuando ocurra, detecta la primera frase automática.
- A continuación, escribe o piensa conscientemente una versión un poco más amable y realista.
- No hace falta que la creas al 100%; basta con que abra una rendija distinta.
Ejercicio 2: registrar lo que sí estás sosteniendo
Muchas veces el foco se coloca solo en lo que falta o «no haces bien». Te propongo que, al final del día, anotes:
- Tres cosas que hayas sostenido ese día (aunque parezcan pequeñas): levantarte a pesar del cansancio, cuidar de alguien, hacer una llamada difícil, pedir ayuda, descansar cuando lo necesitabas.
Reconocer lo que ya haces es una base importante para construir un trato más justo hacia ti.
Ejercicio 3: cuando algo sale mal
Revisa todos los factores, internos y externos a ti, que han influido en el resultado de la situación. Muchas veces, las cosas no dependen sólo de nuestro esfuerzo, empeño, valía personal o buenas intenciones. Hay otros factores, externos a ti, que han influido en el resultado y no los estás viendo, lo cual no es justo ni objetivo.
Ejercicio 4: Agradecimiento a mí misma/o
Haz un listado de todas las cosas que puedes agradecerte a ti misma/o. No te fijes en los resultados, si no en las intenciones, el esfuerzo, el trabajo, la constancia, la amabilidad o los cuidados. Muchas de estas cosas que hacemos en el día a día, independientemente de los resultados, son muy valiosas en sí mismas y son merecedoras de halago y agradecimiento. Tú también puedes agradecerte, valorarte y sentirte orgullosa/o de todo lo que haces.
¿Cuándo puede ayudar la terapia?
A veces, por mucho que lo intentes, la sensación de desprecio hacia ti misma, la culpa o el perfeccionismo son tan fuertes que se hace muy difícil cambiarlos. Puede ser un buen momento para pedir ayuda cuando:
- Tu diálogo interno es constantemente insultante o humillante.
- Te resulta casi imposible reconocer algo positivo en ti.
- Sientes que no mereces descanso, cariño o cuidado.
- Esta forma de tratarte está afectando a tus relaciones, a tu trabajo o a tu salud.
En terapia trabajamos precisamente esto: de dónde vienen esas voces tan duras, qué función han tenido en tu historia y cómo puedes ir construyendo una manera de relacionarte contigo más amable, más justa y sostenible. A veces tenemos que trabajar un poco situaciones pasadas en las que aprendimos este trato duro con nosotras/os mismos.
Conclusión
Aprender a tratarte con más amabilidad no es un lujo ni un capricho. Es una forma de ir creando dentro de ti un lugar en el que poder descansar, equivocarte, volver a empezar y sostener lo que vas viviendo, con menos castigo y un poco más de cuidado.
Si sientes que tu amor propio se ha quedado corto y que sola/o no encuentras la manera de mirarte con otros ojos, pedir ayuda puede ser, ya en sí mismo, un gesto de amabilidad y ternura hacia ti.
Un abrazo,
Irene de Miranda Reynés
Psicóloga, Psicoterapeuta y Formadora
IDEM Psicología


