Según  Méndez, Orgiles, & Espada (2008), el apego es “el lazo emocional perdurable entre el niño y su cuidador principal, que constituye la plataforma para la adaptación personal”. El niño, ya desde bebé, busca el contacto físico y la cercanía de la persona con la que está afectivamente vinculado y experimenta ansiedad ante su separación.

El origen del concepto de apego

Spitz, observó tras la segunda guerra mundial que numerosos bebés deprivados de la presencia y afecto materno, mostraban sintomatología somática (pérdida de eso, no crecimiento, irritabilidad)  y psíquica (cese del llano, apatía indiferencia estímulos, etc…), que relacionó con un síndrome depresivo, que incluso podía llevar a la muerte. Más adelante John Bowlby (1969, 1973, 1980) fue el pionero en el estudio y descripción del concepto de apego, defendiendo que los bebés humanos presentan una serie de conductas cuya principal función es conseguir la atención de los adultos en pro de su supervivencia: llanto, sonrisa, etc… permiten que el pequeño reciba el alimento y los cuidados que necesita para sobrevivir. Por lo tanto, sería un comportamiento adaptativo, que se ha mantenido en la especie por selección natural. Bowlby explora cómo la pérdida de ese vínculo supone un factor de vulnerabilidad psicológica para el niño y futuro adulto, observando niños institucionalizados. Observó en la misma línea que Spitz, que los niños separados de sus cuidadores primarios (normalmente la madre) mostraban comportamiento asustadizo y alterado y que luego pasaban por una fase de depresión de la cual no se recuperaban si no establecían lazos nuevos con otra persona, terminando con un estado de indiferencia por el contacto humano (lo que denominó desapego). A partir de estas observaciones y desde un enfoque inspirado por la etología y el psicoanálisis desarrolló la teoría del apego, que hoy es una de las teorías más consistentes y fundamentadas al respecto del desarrollo socioemocional del ser humano desde el nacimiento. El apego, no sólo garantiza la supervivencia del bebé, sino que aporta esa relación especial y cercana que necesita para desarrollarse de manera adecuada a nivel emocional, social, cognitivo y físico.

El apego se desarrolla en 4 etapas, orientativas:

  1. Preapego: desde el nacimiento hasta las 6 semanas. El bebé responde de forma muy limitada a las conductas de contacto de sus padres, son reflejos que tienen un sentido de supervivencia.  
  2. Formación del apego: desde las 6 semanas hasta los aprox. 6/8 meses. Ya puede distinguir a su cuidador primario (la madre habitualmente) del resto de las personas y le presta más atención. No le gusta estar sólo, pero no distingue cuando se separa de su madre, del resto.
  3. Apego: desde los 6/8 meses hasta los 18/24 meses: reacciones  de enfado y de ansiedad cuando se separa de su cuidador primario, al que prefiere ante cualquier otra persona, a la que rechaza, pudiendo surgir miedo a los extraños.
  4. Relaciones recíprocas: a partir de los 18/24 meses. Llama a su madre, e intenta por todos los medios que no se separe de él. Poco a poco empieza a comprender que esta ausencia es temporal y que volverá después, si ella se lo explica.

Según Bowlby, las tres características que tiene la relación de apego son: la búsqueda de la proximidad al cuidador, la base segura para explorar, y el refugio seguro. Sentarían los cimientos para un bebé sienta la seguridad necesaria para explorar e ir adquiriendo autonomía en el entorno físico, emocional y social.

A partir de esta teoría se abrió un campo nuevo de investigación en la psicología, que abarca desde las condiciones de estilo parental para el óptimo desarrollo del apego, hasta aplicaciones a la relación de pareja y sexualidad, pasando por la influencia del apego en distintos trastornos psicológicos. En futuros posts iremos explorando esta temática.

Irene de Miranda Reynés
Directora IDEM Psicología y Terapia