Hay palabras que, cuando las escuchamos, suenan casi a “asignatura pendiente”. Asertividad es una de ellas. Muchas personas la asocian a “tener carácter”, a “imponerse” o a “saber responder”, pero en realidad es algo mucho más valioso y, sobre todo, más amable: la capacidad de expresarte con claridad y respeto, cuidándote a ti sin dañar al otro.
La asertividad no es un rasgo con el que se nace o no se nace. Tampoco es una habilidad, aunque se aprende y se puede entrenar. Es más que todo eso, es una forma de ver el mundo, a los demás y a uno mismo.
¿Qué es ser asertivo?
Una persona asertiva ve las situaciones de una forma colaborativa. Entiende que los demás tienen prioridades, derechos y necesidades propias y lícitas igual que nosotros mismos tenemos nuestras prioridades, derechos y necesidades.
Una persona asertiva dice lo que piensa, siente o necesita de forma honesta, sin agresividad y sin quedarse en silencio por miedo, culpa o vergüenza. Se diferencia, por tanto, de otros estilos de comunicación que frecuentemente hacen sufrir en las relaciones:
- Pasividad: callo, cedo, me adapto, aunque por dentro me esté molestando.
- Agresividad: exploto, ataco, impongo, porque siento que si no lo hago así no me escuchan.
La asertividad es ese punto donde puedes sostener un “no” sin justificarte de más, pedir lo que necesitas sin sentirte egoísta y expresar una incomodidad sin herir.
¿Por qué cuesta tanto ser asertivo?
Porque, en muchas historias personales, decir lo que uno necesita se ha asociado a consecuencias desagradables: conflicto, rechazo, castigo, discusiones, críticas, sensación de “ser demasiado”.
A veces la dificultad viene de creencias muy profundas, como:
“Si digo lo que pienso, molestaré.”
“Si pongo límites, me dejarán de querer.”
“Tengo que caer bien.”
“No tengo derecho a pedir.”
“Mejor me aguanto, así evito problemas.”
El problema es que evitar el conflicto por sistema suele tener un precio: te vas quedando pequeño, te vas cargando de resentimiento y, tarde o temprano, aparece el agotamiento o el estallido.
Señales de que te falta asertividad (sin darte cuenta)
No siempre se nota de forma evidente. Algunas pistas pueden ser:
Dices “sí” cuando quieres decir “no”, y luego te sientes mal contigo.
Te cuesta pedir ayuda, pero esperas que los demás “se den cuenta”.
Te callas para no discutir, pero después le das vueltas durante días.
Te enfadas mucho “de golpe” por cosas pequeñas (cuando en realidad vienes acumulando).
Te justificas excesivamente por decisiones normales: “Perdona, es que…”, “No quiero molestar, pero…”.
Nada de esto habla de debilidad. Muchas veces habla de aprendizaje: has hecho lo que has podido para adaptarte y sentirte seguro. La buena noticia es que puede cambiarse.
Asertividad no es dureza
A veces se confunde asertividad con ser frío o tajante. Y no.
Ser asertivo no significa hablar sin tacto. Significa ser claro. Puedes ser firme y a la vez cercano. Puedes poner un límite y seguir queriendo. Puedes expresar un desacuerdo sin atacar.
Un límite no es un castigo. Es una forma de cuidado: “hasta aquí puedo”, “esto no me viene bien”, “esto necesito”.
Cómo empezar a practicar (pasos pequeños)
La asertividad se entrena mejor en situaciones de baja intensidad. No hace falta empezar por “la conversación más difícil de tu vida”.
Te propongo algunas ideas:
Practica frases cortas y claras.
“Ahora no puedo.”
“Prefiero que lo hablemos en otro momento.”
“Esto no me viene bien.”
“No estoy de acuerdo.”
Sustituye explicaciones eternas por un mensaje simple.
Explicar está bien, pero cuando la explicación es interminable suele esconder miedo: a que el otro se enfade, a que no lo entienda, a que te juzgue.
Habla en primera persona.
“Yo me siento…”, “yo necesito…”, “yo prefiero…”.
Esto reduce la sensación de ataque y aumenta la posibilidad de diálogo.
Tolera un poco de incomodidad.
Poner límites puede generar nervios. Eso no significa que lo estés haciendo mal. Significa que estás saliendo de un patrón antiguo.
Usa los “mensajes yo…”, expresar en primera persona:
CENTRADA EN HECHOS: Veo que…. ¿Qué ves tú?
CENTRADA EN SENTIMIENTOS: Esto me hace sentir… ¿qué sientes tú?
CENTRADA EN NECESIDADES: Lo que necesito es … ¿qué necesitas tú?
CENTRADA EN COMPROMISO: Te pido … te ofrezco ¿Qué me pides tú?, ¿qué me ofreces tú?
Un ejemplo cotidiano
Imagina que un familiar te pide algo por enésima vez y tú estás agotado.
- Pasivo: “Sí, vale…” (por dentro: rabia, cansancio, sensación de injusticia).
- Agresivo: “¡Siempre igual! ¡Eres un egoísta!” (por dentro: tensión, culpa, distancia).
- Asertivo: “Hoy no puedo ayudarte. Necesito descansar. Si quieres lo vemos mañana, pero hoy no.”
Claro, respetuoso y con un límite real.
Un tesoro que cambia relaciones
Cuando practicas asertividad pasan cosas importantes:
- Empiezas a confiar más en ti, mejora tu autoestima.
- Te sientes más coherente (lo que piensas, lo que sientes y lo que haces se alinean).
- Disminuye la acumulación de enfado. Previene el estrés y los conflictos.
- Las relaciones se vuelven más honestas (y, a menudo, más sanas). Los demás nos entienden mejor, saben a qué atenerse y cómo acertar con nosotras/os, nos volvemos predecibles y fáciles para interactuar.
Y sí: a veces, al poner límites, alguien se enfada. No siempre porque seas injusto, sino porque tu cambio modifica un equilibrio al que esa persona estaba acostumbrada. En esos casos, la asertividad también es sostener tu decisión sin entrar en una batalla.
Si te das cuenta de que te cuesta mucho decir lo que necesitas, o si cada intento te genera ansiedad o culpa intensa, trabajarlo en terapia puede ser de gran ayuda. La asertividad no es solo una técnica de comunicación: es una manera de darte tu lugar. Es una manera de verse a sí mismo y a los demás, una manera de entender las relaciones y el mundo. Un mundo lleno de abundancia: hay espacio, oportunidades, reconocimiento, tiempo, éxito y logros para todas y todos, no hace falta competir.
Un abrazo,
Irene de Miranda Reynés
Psicóloga, Psicoterapeuta y Formadora
IDEM Psicología


