En la terapia de pareja, a menudo empezamos el trabajo por la clarificación de valores de pareja. Reconectarnos con las direcciones deseadas en nuestra vida, y en nuestra pareja: disponer de una buena brújula que nos oriente, es un pilar fundamental para comenzar los cambios

Es este un trabajo individual imprescindible: la reconexión con valores inspira nuestra conducta, nuestra toma de decisiones, las prioridades que establecemos y la forma en que resolvemos los dilemas que se nos presentan en el día a día. También en nuestra relación de pareja.

Aspectos como la felicidad, la complicidad, la colaboración, la conexión, la afectividad y la empatía suelen ser los valores fundamentales que las personas identifican, cuando hacemos un primer ejercicio de identificación de valores dentro de la terapia en pareja. Afloran como aspectos deseados a los que uno no quiere renunciar y que pueden ser una inspiración para nuestra vida en pareja.

Sin embargo, la realidad que suele estar viviendo la pareja en el día a día suele estar marcada por un alto nivel de hostilidad y resquemor, dificultades de comunicación, incapacidad para colaborar en los problemas y en las decisiones del día a día, alejamiento emocional y afectivo, incluso sexual. Todo ello nos lleva a reflexionar sobre cuáles son los “antivalores”: la brújula negativa que están en realidad utilizando y que obviamente les ha llevado a una situación de insatisfacción e infelicidad en la pareja. Estos son los que he identificado con “antivalores” más comunes:

  • Falta de empatía, invalidando el punto de vista y necesidades del otro, como si importaran menos que los propios.
  • Egoísmo: mi tiempo, mi orden, mi dinero, mi familia, mis amigos, mis hijas/os…
  • Competitividad: en las relaciones con la familia, la educación de hijas/os, en lo profesional…
  • Inequidad/falta de igualdad/corresponsabilidad: tiempo y esfuerzo dedicado al cuidado de hijas/os, del hogar, de la familia extensa, incluso de las mascotas…, nivel de uso de los recursos de la pareja (dinero, espacio de la casa…) y disfrute del tiempo personal.
  • Autocondescendecia: porque yo lo valgo, en mi caso vale todo, me lo merezco, etc.
  • Hostilidad, uso de la agresividad, el castigo y la violencia menor para resolver los conflictos, la falta de acuerdos y los problemas del día a día.
  • Pasividad, resignación: frente a la proactividad y la colaboración.
  • Rigidez, en vez de flexibilidad, querer llevar la razón por encima de todo, y que las cosas se hagan a mi forma, como siempre las he hecho, como si el convivir con otra persona, el que vengan niñas/os, o los cambios de la vida no fueran motivos para cambiar y adaptarse. Cerrazón frente a aprendizaje, en definitiva.

Es curioso, ese silencio que siempre hace presencia en la consulta, cuando uno y otro se dan cuenta que están actuando personalmente con una brújula equivocada, totalmente contrapuesta a los valores de vida y de pareja que desean. Un trabajo muy interesante y que, a mi modo de ver, es el principio del cambio.

Un abrazo,

Irene de Miranda Reynés
Psicóloga, Psicoterapeuta y Formadora
IDEM Psicología