Los ataques de pánico o crisis de angustia, se caracterizan por un episodio de intenso miedo o malestar con presencia de síntomas fisiológicos como palpitaciones, temblor, sensación de ahogo, náuseas, malestar abdominal, escalofríos, sudoración, parestesias (entumecimiento u hormigueo) así como síntomas psicológicos como sensación de inseguridad, irrealidad, miedo a morir o a perder el control, etc…. Normalmente la aparición es súbita y suele alcanzar su pico máximo de malestar en unos minutos. Pueden ocurrir como episodios aislados o en ocasiones encadenados en oleadas de manera sucesiva. Pueden surgir desde un estado previo de ansiedad o desde un estado de calma. El trastorno de pánico o de angustia se diagnostica cuando estas crisis se dan de forma recurrente y además la persona muestra una preocupación creciente y continuada sobre la posible ocurrencia de nuevos ataques, así como acciones desadaptativas relacionadas con la evitación de los posibles ataques.

Cuáles son las consecuencias de estos ataques de pánico para la persona

El miedo que siente la persona no está relacionado con un estímulo externo, como ocurre en las fobias (LINK al artículo del 17 de julio), si no a enfrentarse a sus propias crisis, ya que la persona considera que existe un elevado riesgo asociado a los síntomas físicos y psicológicos tan intensos. Estos episodios pueden quedar asociados a determinadas situaciones (por ejemplo, realizar ejercicio físico, estrés o conflictos diarios), pasando así a ser predecibles. Pero normalmente se disparan ante cambios sutiles como aumento de temperatura ambiente, o cambios internos que no siempre son conscientes. Esta impredictibilidad de los ataques de pánico, puede generar una ansiedad anticipatoria ante la posibilidad de sufrir un nuevo ataque, creando un estado permanente de activación que a su vez favorece la aparición de las crisis. Es un círculo vicioso cada vez más complicado que llega a afectar al normal funcionamiento de la persona, continuamente preocupada y evitando que surja una nueva crisis. También pueden ocurrir durante el sueño, posiblemente porque aunque dormidos y fuera de la fase REM del sueño aún estamos alertas ante estos cambios a nivel externo o interno, a veces sutiles pero significativos aún así para la persona, que pueden desencadenar la crisis.

El caso de la agorafobia

Su principal característica es un miedo intenso a situaciones o lugares donde sea imposible escapar o conseguir ayuda en caso de que sea necesario y por lo tanto, evitación activa de este tipo de situaciones. Suelen ser sitios cerrados o amplios espacios abiertos, sitios concurridos, el transporte público, incluso estar fuera de casa sólo. Puede haber agorafobia con ataques de pánico, pero no siempre es así, por lo que se consideran dos trastornos independientes, incluso se pueden diagnosticar ambos. También se diferencia de las fobias específicas porque el miedo se produce ante la posibilidad de sufrir un ataque de pánico en ciertas situaciones, no miedo a las propias situaciones. Por ello, se le ha llamado “miedo al miedo”. De hecho, la posibilidad de que pueda ocurrir un ataque es lo que genera el malestar fundamentalmente, de ahí la evitación de situaciones que considera que lo pueda provocar o conductas de seguridad como ir acompañado siempre, ingerir drogas, etc… que no solucionan el problema, pero que lo palian a corto plazo.

¿Por qué se producen el trastorno de angustia y la agorafobia?

Normalmente, tras una evaluación previa del problema, se suelen encontrar varios de los siguientes factores de vulnerabilidad:

– Rasgo temperamental de tendencia a experimentar emociones negativas ante estímulos estresantes (neuroticismo), que tiene un componente genético considerable.

– Sensibilidad a la ansiedad: creencia de que la ansiedad y sus efectos fisiológicos y psicológicos son peligrosos y conllevan importante riesgo para la persona, más allá del malestar que generan: posibilidad de muerte, pérdida de control, irreversibilidad, etc…

– Historial de enfermedades médicas, por ejemplo problemas respiratorios o cardiovasculares, en el paciente o en sus progenitores. Fumar se considera un factor de riesgo para los ataques de pánico.

– Factores estresantes en los 6 meses anteriores al primer ataque: problemas de salud, muerte familiares, etc… En la infancia, situaciones de abuso o maltrato son un factor de vulnerabilidad.

-Inicio de las crisis de angustia, normalmente en situaciones fuera de casa y en lugares públicos, con un malestar intenso sin ninguna justificación subjetiva, a modo de “falsa alarma”, pero donde no ha sido posible escapar o buscar ayuda o se han visto expuestos a la evaluación de los demás. Estos factores presentes en uno o varios episodios de crisis de angustia pueden generar una agorafobia posteriormente.

¿Cuál es el tratamiento de las crisis de angustia?

Los tratamientos psicológicos de corte cognitivo-conductual son los que más se han estudiado para estos trastornos y que tienen una mayor evidencia empírica. Consisten en una fase educativa sobre la ansiedad y su funcionamiento a nivel fisiológico y psicológico; una fase de re-entrenamiento de la respiración y entrenamiento en relajación para aumentar el control de los síntomas de pánico, sobre todo al principio del tratamiento; una fase de reestructuración cognitiva de las creencias asociadas a las sensaciones internas somáticas y sus consecuencias; una fase de exposición controlada tanto a las sensaciones somáticas como a las situaciones o contextos en los que aparecen las crisis de angustia o en las que se teme que puedan aparecer.

Es importante que los tratamientos sean realizados por un Psicólogo Sanitario o Clínico colegiado, habiendo realizado una adecuada evaluación previa detallada. Cada caso requiere su plan de tratamiento específico en función de las características particulares de cada paciente, por lo que cualquier consejo genérico o recomendaciones estándar no reúnen las garantías de un tratamiento basado en la evidencia científica.

Manual clínico de referencia:

– Vallejo Pareja, M.A. (Coordinador). 2015. Manual de Terapia de Conducta. Madrid: Dykinson.

Irene de Miranda Reynés
Directora IDEM Psicología y Terapia