A la hora de educar a nuestros hijos, se suele hablar de que existen diferentes estilos, según los padres pongamos el énfasis en unos u otros aspectos, o usen unas u otras habilidades y estrategias en nuestra relación con ellos.

Se han identificado cuatro estilos fundamentales: autoritario, permisivo, sobreprotector y democrático o positivo. Éste último es que se relaciona con mejor pronóstico de adaptación de los jóvenes a la vida adulta, menor nivel de conflictos en el hogar, más autoestima de nuestros jóvenes y mejor nivel de comunicación entre padres e hijos. Combina el apoyo y la muestra de afecto a los hijos, con un adecuado uso de la autoridad y las normas, mientras que el resto de los estilos pone el énfasis en sólo alguno de estos aspectos. Podíamos incluir un último estilo, el negligente: el adulto no se hace cargo del cuidado y educación de su hijo, siendo fuente de problemas de adaptación e incluso psicopatología en los niños y jóvenes.

Algunos consejos para un estilo parental positivo son:

– Ejercer una autoridad clara, consistente y firme desde pequeños, razonando de manera creciente con la edad los criterios y normas que se establecen en la familia.

– Mostrarnos afectuosos, receptivos y abiertos a la comunicación con nuestros hijos. Respetar sus puntos de vista, gustos y decisiones, en la medida en que éstos no interfieren con la vida familiar y no suponen ningún riesgo.

– Conocer las cualidades, habilidades y defectos de nuestros hijos es clave para tener una visión realista de ellos y valorarlos tal y como son.

– Usar la empatía y la escucha atenta con nuestros hijos: favorece la comunicación bidireccional y la resolución de conflictos.

– Mantener una reciprocidad entre los derechos y deberes de padres e hijos: ambos se respetan y se exigen, de forma razonada y respetuosa.

– Expresar con naturalidad y franqueza los valores que comparte la familia, en los distintos ámbitos de la vida, y se llevan a la práctica en el día a día: respeto, salud, sinceridad, etc…. Cuando alguien en la familia actúa contra estos valores, se señala y se favorece la reflexión al respecto, sin necesidad de bloquear la comunicación o la expresión de afecto. Todo a través de la comunicación, no del rechazo y la confrontación.

– Los hábitos familiares y las normas se van flexibilizando y adecuando al momento madurativo de los hijos. Nada es para siempre, todo va adaptándose según los momentos vitales de la familia y de cada uno de sus miembros.

– Los padres promueven la autonomía y responsabilidad de los hijos, de manera creciente con la edad.

– Se respeta la intimidad creciente que el joven necesita, incluso evitando la excusa de “quiero protegerle” para invadir su espacio personal y psicológico.

– Resolver adecuadamente los conflictos: escuchar cada parte, exponer puntos de vista con tranquilidad, negociar soluciones, saber pedir perdón, lograr compromisos y pedir que se cumplan, saber agradecer, etc… son habilidades que se practican en el día a día.

– Evitar el sermoneo, diciendo siempre lo que se debe o no hacer. Pedir opinión a nuestros hijos y respetarla sinceramente, siempre y cuando no haya ningún riesgo real.

–  No juzgar, menospreciar o ridiculizar, porque menoscaba la confianza y la intimidad de nuestros hijos en nosotros, genera emociones de rechazo que van a dificultar enormemente la comunicación. La ironía y el doble sentido no siempre es comprendido por un niño o adolescente: suelen tomar las cosas textualmente y a la tremenda.

– Aprender a hacer críticas constructivas: describir objetivamente el comportamiento de nuestro hijo y decir las consecuencias que prevemos u observamos, sin juzgarle ni calificarle (responsable-irresponsable, listo-tonto…) y sin generalizar (“siempre haces…”; “nunca haces…”). Nos podemos enfadar y decir lo que opinamos, pero de manera objetiva y constructiva y cuidando la relación, por encima de todo.

– Por último, demostrar un amor sincero e incondicional por nuestros hijos. Demostrar no es decirlo, es actuarlo todos los días: en cómo les tratamos, cómo les hablamos. No les queremos por las notas que saquen, las medallas que logren, o por portarse “bien”, conforme a nuestras expectativas y normas o parecerse a nosotros. Les queremos porque son ellos, son nuestros hijos y siempre nos tendrán a su lado, aunque se equivoquen. Demostrar un amor condicionado (“te muestro amor, si….”) es la base de la culpa y la vergüenza, de la autoexigencia que aprendemos de pequeños y que después como adultos tanto daño nos hacen.

Además, todas estas pautas de interacción y comunicación tienden a aprenderse por modelado, con lo cual es muy probable que nuestros hijos utilicen todas ellas en sus propias relaciones a futuro.

Bibliografía recomendada para padres:

Cómo crecen nuestros hijos. Guías de Familia, 2. Consejería de Políticas Sociales y Familia – D. G. de la Familia y el Menor, Comunidad de Madrid.

Irene de Miranda Reynés
Directora IDEM Psicología y Terapia