¿De qué depende el que al mirarnos al espejo nos veamos de una u otra forma, atractivos o no?, ¿Depende de lo que vemos reflejado? ¿O influyen las emociones que siento al verme y los mensajes que me digo? ¿Depende de qué considero yo que es ser atractivo?

De todo esto habla la autoestima, que es un concepto psicológico que recoge el conjunto de aspectos relacionados con el valor que nos damos cada uno como persona. Porque la realidad es que nos valoramos a nosotros mismos, continuamente, igual que solemos valorar a los demás. En positivo y en negativo.

Para comprender cómo nos valoramos a nosotros mismos, es útil entender la diferencia entre autoestima y autoconcepto. Éste es parte de nuestra identidad personal: qué es lo que pienso de mí mismo como individuo en variados aspectos, tal como identifican McKay y Fanning (1991): características físicas; cómo me relaciono con los demás en las relaciones íntimas y con extraños; rasgos positivos y negativos de mi personalidad; mi rendimiento en actividades laborales o académicas; mi ejecución en las tareas del día a día; sexualidad; sobre cómo me ven los demás… Por otro lado está el Ideal de sí mismo: lo que a cada persona le gustaría ser.

Así, muchos autores entienden que la autoestima es la diferencia entre cómo me veo como persona (autoconcepto) y el ideal. Si esta relación es positiva, se acercan, la autoestima será positiva. En la medida que la persona perciba una mayor diferencia entre ambos, su autoestima será menor.

Para los que os gusten los razonamientos matemáticos, William James en 1890, ya definía la autoestima como una fracción entre nuestros éxitos (en el numerador) y nuestras pretensiones (en el denominador), resultado de lo cual obtenemos un valor positivo siempre que los éxitos superen las pretensiones. Además, si os fijáis, puede incrementarse este valor propio disminuyendo el denominador, o aumentando el numerador.

En resumen, el autoconcepto implica percepción de uno mismo, mientras que la autoestima es valoración de sí mismo.

En qué nos afecta la autoestima

Desde la Psicología se ha estudiado cómo afecta un bajo nivel de autoestima a los diferentes aspectos de la persona, y la investigación ha concluido que una baja autoestima se relaciona con lo siguiente, como bien resumen Mora & Raich (2010): menor éxito escolar y académico; mayor posibilidad de problemas interpersonales en la adolescencia; atracción por personas con baja autoestima; dificultades para seguir la vocación profesional; mayor aceptación de opiniones negativas sobre nosotros, etc…

También se ha observado una relación, tanto en la infancia como en la adolescencia y en la adultez, con la presencia de problemas emocionales (ansiedad, depresión…), de la conducta alimentaria y de la imagen corporal. Sin embargo, no debemos concluir que la causa de esos problemas sea la autoestima, si no que actúa como un factor de riesgo o vulnerabilidad. Una menor autoestima se relaciona con una manera más pesimista de interpretar la realidad, de valorar las diferentes opciones posibles que nos brida la vida, de interpretar las causas de lo que nos sucede. Por lo tanto condiciona nuestro comportamiento y con ello, afecta (junto con otros muchos factores) a la relación con nosotros mismos, a nuestras relaciones interpersonales y las decisiones que tomamos a lo largo de la vida.

Por otro lado, una buena autoestima se relaciona con mejor rendimiento académico y laboral, asertividad, mejor salud en general, ser menos sensibles a las creencias de grupo y más conexión con valores personales, menos ansiedad, etc…

Por ello, la autoestima es un elemento importante a cuidar en nosotros mismos y también para las personas que nos rodean, incluidas aquellas más vulnerables: nuestros niños y mayores.

 

Bibliografía:

–  MacKay, M., y Fanning, P. (1991) Autoestima. Evaluación y mejora. Barcelona: Martínez Roca.

– Mora, M., y Raich, R.M. (2010) Autoestima. Madrid: Síntesis.

Irene de Miranda Reynés
Directora IDEM Psicología y Terapia